En memoria de los ángeles de Fundación: Los niños del Rincón de la Expresión los recordamos con amor.

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Faltaban 10 minutos para las 2 de la tarde, era un sofocante jueves, como siempre en Neiva el calor hace que inevitable se acerquen las gotas de sudor en el rostro, los rayos del sol son tan fuertes que el protector solar es una segunda piel, como siempre yo llevaba mi botella de agua junto con los implementos para realizar el taller con los niños y niñas del grado 4to del Colegio el Rincón de la Expresión Billingual School.

Las flores que suelen caer en esta temporada del año decoraban la entrada del colegio, muchas de estas estaban marchitas y poco coloridas, pero aún en su opaco tono se veía hermoso; entré al colegio y como siempre Mary se encontraba en su escritorio algo atareada, me senté a su lado hablamos un momento del calor, ya que el día anterior el clima fue realmente fresco; ella es una mujer delgada, menuda; siempre lleva una coleta en cabello. Mary es la secretaria del colegio, quien abre el portón, quien presta atención a los niños, a los padres, a los docentes y a nosotros, en conclusión la que le da orden al colegio.

Por unos momentos me siento observada, giro lentamente mi cabeza y detrás de una columna se encuentra Valentina del Mar, una estudiante de 4to grado: “La pillé”, le digo señalándola con mi dedo, y ella me regala una amplia sonrisa, se acerca extiende sus brazos para darme un gran abrazo, cálida y cariñosa como siempre, cuando culmina este abrazo veo algo particular el buzo de su uniforme: un cinta de luto, nunca fui buena manejando los temas de los fallecimientos, entonces opté por no preguntar sobre el origen del pequeño listón, pero unos segundos después llegan algunos de sus compañeritos con la misma cinta, me alarme al creer que le había pasado algo a uno de “mis alumnos” y decidí preguntar el motivo de esa cinta, me respondieron “por los 32 niños que murieron en el bus”. Me quedé recordando la notica, recordé las imágenes, las lágrimas, el dolor y me quedé callada.

 

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Mary los envió al salón, yo estaba muy conmovida, intenté no ir a fondo con esta noticia; hace más de 15 años perdí mi propio angelito; y tras esa noticia supe ponerme en los zapatos los padres de familia, tíos, hermanas y hermanos que perdieron a los suyos. Sé que es difícil perder esa sonrisa contagiosa, esa carcajada tan espontanea, esa mirada pura y franca, esas manitos llenas de tierra, yogurt o pintadas por colores, lapiceros o temperas. Es algo que difícilmente se soporta, se supera o se olvida.

 

Al momento llegaron mis compañeros e iniciamos con el taller en grupos de 2, los niños comenzaron a trabajar, por el tremendo calor mi botella de agua se convirtió en la botella de agua de los niños, con mis compañeros fuimos de mesa en mesa explicando, ayudando, corrigiendo, mientras mi curiosidad crecía y crecía, hasta que llegué a la mesa de  Valentina del Mar y María José sentí que no podía más mi curiosidad era terrible, incontrolable, deseaba  saberlo todo desde el inicio hasta el final, entonces decidí preguntarle por la cinta de luto, pero opté sólo por hacer una pregunta general y ella me respondió algo general, no quería interrumpir el taller, le tomé una foto y seguí con mi trabajo. 30 minutos después mi compañera Jennifer Coronel decidió hacer sus grabaciones fuera del salón, salimos y la duda no pudo más, fui corriendo donde Mary a preguntarle por esta particular cintilla:  “Fue una propuesta de la Persona”, me dice y señala el salón de 5to, sin reparos fui al salón y pedí 5 minutitos con ella, la Personera.

 

Michelle parecía algo estremecida, esta infante de apenas 11, casi igual de alta a mí, con su cabello recogido, aunque alguno de sus cabellos luchaba por no ser controlado también tenía la cintilla, la tranquilicé y le dije que me hablara sobre la cinta de luto: “Yo traje una cinta negra como símbolo del luto que estamos viviendo, para tener en cuenta los 32 niños que murieron en el bus, teniendo en cuenta que son parte muy importante de nuestro mundo, aunque digan que son  “32 costeños menos”, como lo dijo en tono de burla el estudiante Alejandro Pérez, de la Universidad Cooperativa por su Twitter. Entonces quise traer esto para que se den cuenta que nosotros los tenemos presentes en nuestros corazones”, responde Michelle con su arrolladora seguridad, sin titubear, con claridad y con crítica frente a lo expresado por un universitario indolente y testarudo. Como siempre me sorprendo de los niños del colegio, tan convincentes, críticos y propositivos.

Le pido que me cuente sobre lo que hizo: “Hoy pasé por cada salón, diciéndoles a las profes y a los alumnos que se colocaran esté luto en la camisa y tuvieran un minuto de silencio, que pensaran en los niños y sus familias en ese momento”. Me conmoví aún más, le di las gracias y sentí algo que una vez Camilo Casadiego, Director de Otium Teatro, llamó “devenir escénico” donde se siente la necesidad de montar una obra de teatro; en este caso sentí un devenir periodístico, la necesidad de escribir esta narración.

Regresé al patio, todos los niños habían hecho un circulo, tenían su uniforme rojo de deporte eso hizo que nos pudiéramos sentar cómodamente en el suelo, me senté de al lado de Valentina esta pequeña tenía las piernas cruzadas, tenía un listón de color rojo y azul muy institucional en su cabello, le pregunté de nuevo y con más calma sobre la banda negra “Nuestra personera no dio este…” Arrastra la palabra al no saber cómo referirse a la cinta, la mira y señala con su mano derecha, le da algunos toques con el dedo, como si esta le fuese a decir su nombre, detrás de ella estaba su amiga Orina, quien le dice en voz baja pero perceptible “Moñito” y lo hace como si estuviese “soplándole” en una evaluación la respuesta, “De este moñito” continua Valentina del Mar ese inocente acto me robó una sonrisa,  “para representar y recordar a los 33 niños que se murieron en el accidente del bus”, se detiene y mira hacia el cielo y en ese momento habla con una sonrisa constante “Fue algo muy bonito cuando me lo pusieron me sentí triste por los niños y sus familias, pero también me sentí feliz, pues sentía que era un homenaje para ellos”.

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Hasta ese punto yo no daba más, mis ganas de llorar eran incontenibles, le agradecí y ella se quedó hablando con su amiga; respiré profundo un par de veces y me senté intentando apoyar la grabación de Jennifer pero creo que no fui de gran ayuda, mire a cada uno de “mis niños” tan alegres, en sus ojos esa alegría que contagia, esa pequeña luz que enciende la ternura de una madre, el querer de un padre, el amor de un hermano, como si fueran pequeñas velas en la oscuridad, tan tiernos, tan cálidos, tan hermosos, decidí hacerle caso a mi “devenir periodístico” y el mismo día comencé a escribir, entre el malestar de una hermana, el recuerdo de un bello ángel, algunas lágrimas, ratos de tristeza y, 3 días después escribo esto. No para que alguien me dé palmaditas en la espalda, sino para promover este tipo de actitudes, la de Michelle, la de Valentina del Mar, la de los niños y niñas, la de las profes y la de la Rectora, que aun estando tan lejos, deciden apoyar a los padres y familiares haciendo un minuto de silencio para reflexionar sobre cuanto duele que esos angelitos tomen vuelo; para expresar desde los actos simbólicos el dolor, la solidaridad, la compasión y el amor y para rechazar la testarudez que nos ha dejado el regionalismo y la indiferencia hacia una patria que aún no se siente y tristemente ni se lleva en el corazón.

 

Por: María Angélica Riveros.

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